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de los cuadernos del destierro 1960
Rafael Cadenas
1. Yo visité la
tierra de luz blanda.
Anduve entre melones y hierbas marinas, comí frutas traídas por
sacerdotisas adolescentes, palpé árboles de savia roja como ladrillo que
moraban junto a la tumba de un príncipe, vi
viejos catafalcos de gobernadores guardados por lentas palmas. Por los
contornos había raíces en forma de tazones donde los monos mitigaban la
sed.
Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.
Era la época en que los brujos habían partido a los campos de arroz
destruyendo todos los talismanes.
En las calles vistosas doncellas oscuras danzaban.
Entonces los capitanes bajaban de los ojos para explorar la ciudad.
De este viaje más allá de los presuntos límites sólo conservo alguna que
otra estrella de mar, varios retratos -ella y yo- y un peregrino cofre
que encontré en el barco durante la travesía.
De aquel idioma y de mis pasos por la tierra dicha no existe imagen que
esté hoy extinguida. Los veleros tocan a las puertas del aire donde
persisto. La luz me trae delfines muertos. Tu
olor reconquista el estremecimiento.


* * *


2. H e entrado a región
delgada.
Todo lo que canta se reúne a mis pies como banderas que el tiempo
inclina.
Aquí el mundo es una estación amanecida sobre corales.
Ésta es la morada donde se depositan los signos de las aguas, el légamo
de los navíos,
los mendrugos cargados de relámpagos.
Éste es el huerto de las especias clamorosas, la temporada de arcilla
que el océano erige.
Ésta es la fruta de un piélago muerto, la columna desesperada del
hambre.
Ésta es la salobre campana de verdor que el fuego crucifica, la tierra
donde una  tribu oscura
embalsama un clavel.
Ésta es la tinta trémula del día, la rosa al rojo vivo inscrita en los
anales de la selva.


* * *


3.  Pero
el tiempo me había empobrecido.
Mi único caudal eran los botines arrancados al miedo.
De tanto dormir con la muerte sentía mi eternidad. De noche deliraba en
las rodillas de la belleza. Presa de tenaces anillos, a pesar de mi
parsimonioso continente de animal invicto
me guardaba de la transitoriedad ínsita a mis actos.
Magnificencia de la ignorancia. Brujos solemnes habían auscultado mi
cuerpo sin poder arribar a un dictamen. Sólo yo conocía mi mal. Era
-caso no infrecuente en los anales de los falsos desarrollos- la duda.
Yo nunca supe si fui escogido para trasladar revelaciones.
Nunca estuve seguro de mi cuerpo.
Nunca pude precisar si tenía una historia.
Yo ignoraba todo lo concerniente a mí ya mis ancestros.
Nunca creí que mis ojos, orejas, boca, nariz, piel, movimientos, gustos,
dilecciones, aversiones me pertenecían enteramente.
Yo apenas sospechaba que había tierra, luz, agua, aire, que vivía y que
estaba obligado a llevar mi cuerpo de un lado a otro, alimentándolo,
limpiándolo, cuidándolo para que luciera
presentable en el animado concierto de la honorabilidad ciudadana.
Mi mal era irrescatable.
Me sentía solo. Necesitaba a mi lado una mujer silenciosa, paciente y
dúctil que me rodease con una voz.
Yo era un rey de infranqueable designio, de voluntad educada para la
recepción del acatamiento, de pretensiones que hacían sonreír a los
duendes.
Un rey niño.
Cuando advino, inopinadamente, una era de pobreza, perdí mi serenidad.
Mis pasiones absolutas -entre ellas el amor, que para mí era totalidad-
fueron barridas.
En suma, yo era una pregunta condenada a no calzar el signo de
interrogación. O un navío que se transformaba en fosforescente penacho
de dragón. O una nube que se demudaba
conforme al movimiento.
Habitaba un lugar indeciso.
Mi historia era un largo recuento de inauditas torpezas, de infértiles
averiguaciones,
de fabulosas fábricas.
Un dios cobarde usurpaba mis aras.
Él había degollado el amor frente a una reluciente laguna, en
un bosque de caobos. Huía mugiendo sábanas ensangrentadas. Escapaba del
recinto feliz. Las nubes eran símbolos zoológicos de mi destierro.
El amor me conducía con inocencia hacia la destrucción.
El odio, como a mis mayores, me fortalecía.
Pero yo era generoso y sabía reír.
Como no soportaba la claridad, dispuse entre anaranjados estertores de
sol mi regreso hacia el final. Las aguas me condujeron como el sensitivo
lleva la pesadilla. Volví insomne al lugar de la ficción.


* * *


4. Sól0 tú misma en el acto. Extendida, carnosa, húmeda.
Un temblor sin lapso. Sin equívoco. Torbellino en torno de la flor de
blando terciopelo, acorazonada, que nace del clima de tus piernas como
un grito nocturno. Flor que se liba.
Sombra de flor. En la sinfonía ciega de las corrientes lozana forma de
mis manos sin ojos. Cuerno remoto de los rendimientos.
Llego navegando ondulaciones desesperadas. Soy dichoso.
¿Cuál es el color de esta fruición desencadenada, cómo llamarla, qué
dios nos ha entregado esta conjunción? Me iré, Venus, me iré, pero antes
quiero apurar la copa. Ahogar los límites mollares, sofocar los cerrojos
albeantes, vencer la sombra leda de la desnudez, sacrificar el sonrojo
numerado.
No me marcharé hasta que esta vegetal confusión de ondas no se haya
cumplido. En tanto mi animal lamedor no esté sosegado.
Amo los blandos linderos de inefable tinte, ondulantes en la selva enana
y espléndidamente libre que sobresale de tu cuerpo como mil vocecillas
frutales, el letífico aroma, el muelle
calor, el ansioso tremar. Toda tú adunada por mareas geométricas a mi
piel. Toda presión, jadeo, huida, retorno, blancor, demencia. Nadadora.
Extensión que amamanta mi vicio. Sombra del láudano bajo mi pesado
tiempo.
No partiré sin llevar una hora feliz en la corola, giradora, vencida y
celante de los ojos que como al sol te reciben.



Lo envió: SFP
01/01/1970 01:01
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Título: de los cuadernos del destierro 1960
Autor: Rafael Cadenas Ver todos los poemas disponibles de este autor
Libro: DESCONOCIDO Ver todos los poemas disponibles de este libro
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