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la veo encanecer
Roberto Fernández Retamar
La veo encanecer sobre los rasgos que amé en otra cara
cuando su presencia era sólo un ardiente deseo,
Sobre los rasgos que después se repitieron y florecieron
ante mis ojos maravillados.
Ahora batalla contra dolores ajenos que hace suyos, y se
derrama en los otros con la misma tenacidad
Con que volvía del colegio enarbolando relucientes colores,
O de la beca con una confianza que nos avergonzaba en
que su escuela era la mejor del mundo.
Ya no cree en esas ilusiones ni en tantas otras, e ignora
aún, como ignoramos todos,
Que las creencias reales no desaparecen: se hunden y
              transfiguran:
Una semilla, un conato verde, un arbusto, unas flores
Que esparcen sus semillas en el viento.
Y alivia penas, siembra certidumbres tan imprescindibles
como imposibles,
Porque al cabo La Sin Ojos puede más y nos arrastra
               hueco abajo,
Detiene corazones de verdad, inflama riñones, desgarra
El estómago, el hígado, la garganta, el pulmón,
Pulveriza columnas y castillos, confunde
A la pobre jactanciosa ave a la cual rompe la brújula que
señala entonces los cuatro puntos cardinales
Y no puede impedir que irrumpan pensamientos no
               pensados,
Ruidos fétidos en la cinta de la sonata cristalina.
Quién salvará, querida Haydee, Raúl querido, a los
pasajeros de la barca
Con el cangrejo, la soga, la oreja cortada y el disparo.

Regresan las palabras que me enviara niña a la lejana
               guerra bárbara
Y que luego la hicieron sonrojar y el olvido pretendió
desvanecer piadosamente,
Regresan sin quererlo, sin saberlo,
En los cuentos africanos inesperados o quizá siempre
                esperados
De que habla en la cerrada tiniebla.
No le vemos el rostro sobre el cual encanece.
Solo nos llega su voz encendida por la conversación del
                 amigo generoso.
Sólo vemos algunas estrellas, vagas siluetas de gatos como
                 Música,
Y de vez en cuando ráfagas de autos y la punta roja del
                 cigarro
Titilando entre las plantas embozadas del portal y el
                 jardín.

Dios mío en que no puedo creer, cómo será
La visita de situaciones y personajes imperiosamente
                 reclamados
Cuando da consulta, cuando friega, cuando intenta
                descansar,
Cuando los dos años del capitán exigen su ternura de
                pájara, su alerta de pantera.
Qué conoce de esas aventuras quien traza en verso o en
                prosa rota para pedir
Otra mirada, luz para su desvarío,
Quien traza sobre el papel signos como monedas antiguas
Sobrevivientes después del cambio de moneda en la mano
Del que no tiene tiempo ni deseo para buscar otras
                aunque sepa bien
Que después del cambio una moneda con la cual nada se
                puede comprar
Ya no es una moneda, sino un simple pedazo de metal
Más parecido a una vasija acaso venerable o mejor
Al trasto echado en el cesto que ahora hasta él escasea.
Cómo será, Dios mío.
Sólo inventé seres para mis breves crédulas,
Como las figuras que el techo carcomido ofrecía
O como Paco Robarroz cuyo nombre escribo esta
madrugada por vez primera.

La oigo encanecer mientras la penumbra hace avanzar sus
                  pabellones
O sobre todo llega de pronto interrumpiendo
Programas y lecturas y escrituras.
Estas mismas líneas las borroneo a la dudosa luz de una
                  linterna agonizante
Porque me han arrancado del sueño, me han demandado
Salir afuera, y yo las obedezco con molestia y entusiasmo,
Pues aunque necesitaba dormir, estoy fatigado, quizá
                   enfermo,
He nacido, y es mi felicidad, para cauce de ellas,
A las cuales no les importa que sean o no aceptadas. Lo
que quieren, lo que requieren
Es echarse sobre el papel como la amada criatura desnuda
                    sobre la sábana,
No tanto para el goce como para otro nacimiento.
La oigo encanecer y sin embargo las palabras reverdecen
                    en ella
Contra lo oscuro, contra la enfermedad,
Contra la descreencia, contra la lasitud.
Toda la noche esplende como un palacio iluminado
Cuando su voz llena el aire de peripecias que trajo al mundo,
Este pobre mundo que alguien trajo a su vez
Y ahora está detenido en la inmensidad
Sobre la cabecita de una dulce niña que encanece,
Mientras la escuchamos con un amor sin bordes
Similar a la tan difícil pero irrenunciable esperanza.

La Habana, 28 de julio de 1993



Lo envió: SFP
01/01/1970 01:01
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Título: la veo encanecer
Autor: Roberto Fernández Retamar Ver todos los poemas disponibles de este autor
Libro: DESCONOCIDO Ver todos los poemas disponibles de este libro
Fecha en que fue escrito: -
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